"Déjate conducir por la Inmaculada"

Historias simpáticas acaecidas en el Templo de San Max!

En la tienda, frente a la casa de los sacerdotes del Templo de San Maximiliano María Kolbe en Monterrey, se junta un señorito, ya medio grande de edad, pero chaparrito y delgado, muy pequeño, pero muy simpático. Se viste con ropa arrugada, holgada, y anda siempre desparpajado y despeinado. Es pintor, barrendero, y multiusos.Un día me pide que le regale un rosario, y se lo doy, y al otro día me lo vuelve a pedir, que porque se lo quitó la policía, que porque se lo habían robado, que porque lo agarraron y golpearon, y ve tú a saber por cuántas cosas más. Cada vez que me ve, se acerca a saludarme, haciéndome todas las reverencias y caravanas respectivas, y me dice, buenos días Padre, y al instante espeta: Dios es amor, y se quita la gorra, y sigue diciendo el Papa es amor, y se pone la mano en el pecho, y continúa diciendo, Rigo es amor (sin perder en nada la seriedad). Acto seguido empieza a recitar el Padre nuestro de esta forma: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, Amén”. Y concluye la oración, persignándose por supuesto. Y termina la charla platicándome sus peripecias sorteadas al burlar a los policías, y cantando y bailando en medio de la calle, y con voz bastante descompuesta canta: “Me enamoré de una bellísima sirena, allá en el fondo del océano” (sic), y se va sonriendo con las manos en alto, bailando y cantando, cómo pensando… sabrá Dios qué.

 

Autor: P. Alfonso G. Miranda Guardiola

@padrealfonsom

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