"Déjate conducir por la Inmaculada"

Fotocuento: La corona tuvo frío y se sintió desnuda.


Día nublado, era ya la tarde del sábado santo, el viento soplaba fuerte y gélido. Allí estaba todavía sobre el monte Gólgota, una hermosa cruz de madera, temblando, no sé si de conmoción o frío.

Sobre ella había estado, hace apenas un día, un hombre clavado, con sangre saliendo del costado, pero oliendo a rosas y nardos.

A un lado, cerquita de la cruz, allí estaba, tirada en el suelo, una corona de espinas. La cruz al verla, sintió mucho frío y se sintió desnuda, y quiso también ella, cobijarse al menos con las mismas espinas.

 

Como era tan grande su deseo, buscó por todas partes, hasta que consiguió arroparse de muchas y gruesas espinas.

Era grande el dolor que sentía, más no le importaba, lo sufría y lo ofrecía, prefería padecer el dolor, que la soledad y el frío.

Las horas pasaron, llegó el domingo, y de repente de cada espina, le fueron saliendo flores. La cruz de dolor y muerte, empezó a reflejar vida, y pasó a convertirse en una cruz de luz y de alegría.

La corona de espinas, al ver a la cruz arropada de flores, triunfante, alegre y gozosa, dijo: yo también tengo frío, yo también me siento desnuda, sólo con mis espinas.

Al escucharla, la cruz preciosa, cargada de bondad y no sólo de espinas, le tendió una de sus manos y le compartió sus flores. Y desde aquel día, tanto la cruz, como la corona lucen esplendorosas, transmitiendo amistad, fraternidad, amor y vida. Y ambas portan un luminoso vestido de colores y flores.

 

P. Alfonso G. Miranda Guardiola

@padrealfonsom

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