"Déjate conducir por la Inmaculada"

Anécdota en la Bienvenida del Santo Padre Benedicto XVI en León Guanajuato

Habíamos llegado el jueves 22 de marzo, por la noche a la ciudad de León, Guanajuato. El aeropuerto estaba listo con sus módulos para recibir a los visitantes, y había toda una organización para atender y mover a fieles, sacerdotes y obispos.

Tuve la fortuna de acompañar a Monseñor Jorge Alberto Cavazos Arizpe, Administrador Apostólico de Monterrey.

La Iglesia de León había desplegado todo un ejército de jóvenes y adultos, provenientes de todos los grupos parroquiales y movimientos eclesiales que estaban a su alcance, para servir en este magno evento.

Toda la gente que servía, destilaba a manos llenas la enorme emoción y orgullo que significaba recibir en el Estado de Guanajuato al Santo Padre Benedicto XVI.

Dos personas guías, muy amablemente, nos llevaron al hotel, donde nos hospedamos. Cenamos y nos fuimos a descasar para el siguiente día.

El viernes por la mañana al anunciarnos el programa de actividades que se llevaría a cabo ese día, se dijo que sólo los obispos irían al aeropuerto a recibir al Santo Padre. Yo me preocupé un poco, porque yo también quería estar ahí, aunque pensé: de una o de otra manera, yo quiero estar ahí.

Como quiera me acerqué y pregunté a los responsables de la organización, si habría alguna posibilidad de que yo asistiera.

Dijeron que lo iban a checar pero que no había mucha seguridad. Que esa era la orden que habían recibido del Estado Mayor Presidencial, y que aunque los padres se subieran a los camiones, no podrían entrar. (Orale! Así iba a estar de difícil).

Yo sabía que el Santo Padre, también iría a otros lugares, donde vería a los jóvenes; otro donde recibiría las llaves de la ciudad; y algún otro punto más. Por lo que le dije, que si no era posible, que me dijera como podría trasladarme a esos otros lugares del recorrido papal.

A las dos de la tarde sería la salida al aeropuerto. Dejamos el hotel un ratito para ir a comprar zapatos (¡qué raro! ¿En León?), y pudimos percatarnos del extraordinario ambiente que se vivía en las tiendas, en las calles, con los niños, adultos y jóvenes venidos de todas partes del País, cantando, moviendo sus banderas, gritando y bailando al ritmo de los claxons de los coches.

Regresamos al hotel, e inmediatamente me acerqué a preguntar qué había pasado, si iba a tener posibilidad.

Una señora de la mesa de atención, me miró y me dice, espérese tantito.

Yo me había preparado para estar presente en la bienvenida del Papa, y esperaba con mucha emoción ese momento desde mucho tiempo antes, y pensaba en todos los fieles de mis grupos parroquiales, preguntándome: Padre! ¿cómo le fue con el Papa? ¿Lo vio en la bienvenida? Y no me imaginaba contestándoles: “Es que no fui, no me dejaron entrar”. No podía ser. Tenía que encontrar la manera.

Impaciente, pensando qué ruta o estrategia iba yo a seguir, muevo mis ojos buscando alguna respuesta. Y viendo la misma señora mi intranquilidad, me guiñe el ojo, y me dice, parece que le tienen una sorpresa.

Me emocionó y el jefe de los choferes y edecanes me dice, efectivamente Usted va a poder acompañar a los señores obispos a recibir al Papa. Le conseguimos un boleto.

Me alegré muchísimo, y ni tarde ni perezoso, me preparo y me dispongo inmediatamente para asistir. Y que me subo al camión, con mi boleto especial. Muy contento marchamos en el autobús (se me hizo un poco eterno el recorrido), pero al fin llegamos. Iba con mi traje negro y camisa blanca clerical, cuando me acordé que, prescribían a los sacerdotes, ir completamente de negro. Haciendo caso omiso de estos escrúpulos, seguí adelante (pensé: son mis nervios, que me quieren traicionar).

Llegamos al aeropuerto, y salimos de los siete camiones, los señores obispos de México y América Latina, y uno que otro sacerdote inquieto y colado como yo.

Entramos por las vallas que nos indicaron, y llegamos a la explanada donde se llevaría a cabo la Ceremonia de bienvenida. Ahí estaba el Templete, la alfombra roja, el escudo nacional, y una sede triple: para el Santo Padre y la pareja presidencial.

Había secciones especiales ya separadas. Como pude me posicioné a la orilla de la cuarta fila del espacio para los obispos, que era el tipo de boleto que yo traía. Era un lugar ideal para tomar fotos. Dejé que se acomodaran todos, y dije, ya la hicimos!.

Aquello estaba todo repleto, no cabía una sola persona más. De repente, un obispo, no sé de qué parte, alto, delgado y de mediana edad, se puso a un lado mío, de pie, entre la reja del pasillo central y mi asiento.

Yo sentí la presión que me hacía, como diciendo, déjame tu lugar, pero yo me acordé de las chiquillas acólitas de mi parroquia, que no dejan su lugar en el presbiterio aunque vengan los seminaristas, casi diáconos. Y pues que me aferró a mi lugar, soportando la presión ejercida, y haciéndome como el que no entendía, no me quité. De ratito llegaron unos edecanes, y le preguntaron: ¿Tiene usted lugar? A lo que, obviamente, respondió que no, y le dijeron, acompáñenos, nosotros lo acomodaremos, y se lo llevaron. Me salvé, grité emocionado dentro de mí!

Y en algunos momentos más que llega el Papa Benedicto XVI, y aquello se vuelve una locura, se agitan todas las banderas, todos se ponen a cantar porras, todos se mueven, toman fotografías, saltan, cantan, gritan vivas. Y aquello dura muchos minutos. Cuando por fin, nos señalan que cada quien tome su lugar, porque va a hablar el Presidente de la República, oh oh, algo pasó, todo mundo se movió, y yo, me quedé sin lugar. (Se recorrieron, alguien entró, no sé qué pasó).

Desconcertado un momento, sin saber qué hacer, si reclamar, si buscar a esas horas un lugar, con el Papa Benedicto y el Presidente del País enfrente, la escolta nacional a un lado, me quedé un instante paralizado, pero al empezar a ver, que la Guardia del Estado Mayor Presidencial, comenzó a sacar a los que no estaban sentados, que me agachó, y me pongo en cuclillas, para que no me vieran, y así permanecí todo el discurso del Presidente Calderón y del Papa Benedicto. Aquello aunque gozoso, fue eterno. Ya no sabía yo sobre qué pie apoyarme, y pensé Dios es muy travieso, no cabe duda, estoy pagando el no haberle dado al obispo mi silla, pero dije, pero ¿quién me quita las fotos fantásticas que tomé? Y riéndome por dentro, ahí permanecí, durante 40 largos minutos, (atrás de mí había como 200 obispos, pero yo ecuánime, jeje) hasta que todo mundo se paró a ver el saludo que el gabinete presidencial tributaba al Papa. Me puse por fin de pie y descansé, y claro que seguí tomando muchas fotos, y me dije, al cabo, ya las pagué, así es que síguele.

De ratito se dio por concluida la solemne Ceremonia de bienvenida, y nos marchamos a los autobuses en que veníamos. Yo con mis fotos del Papa bajo el brazo, y una sonrisa pícara y cómplice en el rostro. Pero bueno, me dije: bien valen un poco de bochorno y 40 minutos en cuclillas, las hermosas e históricas fotos del Papa Benedicto XVI en Guanajuato.

 

 

Autor: P. Alfonso G. Miranda Guardiola

@padrealfonsom

26 de marzo del 2012

Gracias por tus comentarios

%d bloggers like this: