"Déjate conducir por la Inmaculada"

Historia llena de alegría y enseñanza en la Misa del Santo Padre Benedicto XVI en el Parque Bicentenario.

El pasado domingo 25 de marzo del 2012, los obispos de México y los sacerdotes que los acompañábamos fuimos a desayunar a las 6 de la mañana al hotel, pues a las 6:45 am, ya estábamos partiendo rumbo al Parque Bicentenario de León Guanajuato, donde se llevaría a cabo la Misa con el Santo Padre Benedicto XVI a las 10 de la mañana.

Desde un día antes, habían empezado a entrar al Parque personas provenientes de todas partes de la República, de Estados Unidos y de América Latina.

Durante la madrugada del sábado hubo una velada de oración con cantos, en un ambiente muy bonito, fraterno y festivo.

Los sacerdotes que acompañábamos a los obispos, no traíamos pines de acceso total como traían estos últimos, por lo que nuestra esperanza, si queríamos estar más cerca del altar del Papa, era entrar con ellos.

Yo traía un boleto para concelebrar como sacerdote, pero eso me ubicaba en la zona C, muchos metros abajo del templete especial, donde estaría el Santo Padre.

Al llegar con el autobús al Parque, el sacerdote que iba conmigo y yo, nos bajamos e inmediatamente nos pusimos el alba, y nos metimos en la fila que formaban los obispos. Justo antes de entrar, intento sacar mi boleto, pero el otro padre me dice: “no lo hagas, porque te van a sacar de aquí y te van mandar muy lejos”, obediente como siempre, guardé el boleto, y como no queriendo, haciéndonos bolita nos metimos con los obispos por la puerta de acceso principal y exclusivo.

Ya adentro del Parque, seguimos caminando, contemplando las majestuosas instalaciones que habían construido sobre la parte más alta de un cerro para esta histórica ocasión, con un asta bandera de 60 metros de altura, edificios alrededor tipo museos, jardines y un área abierta donde se reflejaba el sol espléndidamente.

Nos acercamos a una construcción grande de forma redonda, que sería utilizada como sacristía, con un letrero en la puerta que decía sólo obispos. Ahí, éstos se revestirían con sus casullas moradas, sus solideos y sus mitras, todo confeccionado para la Misa Papal.

Los sacerdotes nos quedamos un rato afuera de ese lugar, tratando de ubicarnos, pensando qué íbamos a hacer, y por dónde nos íbamos a meter, hasta que no faltó uno que se atrevió a entrar a la sacristía, y ahí vamos detrás todos los demás.

Ya dentro de la sacristía, los obispos se revestían, platicaban, y pasaban el tiempo esperando la hora de iniciar la misa. Mientras tanto, los sacerdotes, esperábamos también, en una orilla de este amplio lugar, revestidos sólo con nuestra alba, y algunos ya con la estola.

Había un ambiente alegre, de mucha camaradería, los obispos charlaban muy amenos unos con otros, y a algunos de nosotros nos compartían sus experiencias y el gozo de ese momento.

De repente vimos a un sacerdote, que traía la casulla de los obispos, y pensamos, que bárbaro! Cómo se le ocurre! Es demasiada pretensión! Cuándo se acercó con nosotros, nos dijo, ándenle pónganse una también, no me dejen sólo. A lo que pensé: ni lo mande Dios, ponerme yo eso, ni loco. En eso mi compañero que no traía estola, me dijo, ahorita vengo, voy a buscar una estola. Y a los pocos minutos, que lo voy viendo poniéndose una casulla morada como los obispos, y dije: Ah no! Esto no se queda así, y que me lanzo a pedir una yo también, y ahí vamos los tres muy vestidos con casulla episcopal, y todavía nos dicen, es un regalo de parte de la arquidiócesis de León también para ustedes. Qué más podía pedir? Todavía alcanzaron casulla algunos sacerdotes más.

Y que nos encaminamos para empezar la misa, por supuesto, nosotros siempre respetuosos de las formas, detrás de los obispos. Al terminar la procesión, que vamos saliendo al presbiterio, esto es,  al escenario donde estaría el Santo Padre celebrado la Eucaristía, con el cielo abierto de marco, con una vista maravillosa de toda la gente reunida en la infinita explanada del Parque Bicentenario. Con una mirada podíamos contemplar a las 600 mil personas, jubilosas, expectantes, listas para participar en la Eucaristía.

Entramos por el ala izquierda, por atrás del templete, los obispos tomaron su lugar, y justo cuando nos sentíamos gloriosos y listos para sentarnos, el ceremoniero italiano sale a nuestro encuentro y nos marca el alto, y nos dice: “aquí solo obispos, los sacerdotes van para abajo”, y para atrás los filders, y por más que le explicábamos, que éramos los acompañantes de los obispos, vicarios generales, gente importante (ajá). ¡Abajo! Nos repitió, y pues, ni modo, obedientes empezamos a retroceder caminando por atrás del templete, dándole la vuelta, pero sólo para meternos por el otro lado, donde ya nadie nos dijo nada, y rápidamente nos sentamos, pensando, ya sentados ni quién nos quite.

Por el lado derecho había más espacio y menos vigilancia, así es que luego luego agarramos nuestro lugar, sentados detrás de los obispos. Al notar que los controles de acceso y el ambiente se relajaron, nos paramos a tomar fotografías, eso sí, sin dejar de echarle una mirada al asiento, por aquello de que te lo fueran a ganar y te dejaran otra vez en cuclillas.

Pudimos tomar muy bellas postales desde el templete papal, un espectáculo impresionante de colores, un horizonte colmado de gente, formando un gigantesco abanico. En el presbiterio pudimos contemplar el altar de mosaico azul plateado, los antiguos candelabros de cristal, la imagen de la virgen de Guadalupe y la imponente Sede.

Vimos pasar a Pedro Fernández y cantar contagiosamente el Misionero de la paz.

Ya en la Misa, escuchamos cantar asombrosamente el Padre Nuestro, a una sola voz, las 600 mil almas.

Aquello fue glorioso y maravilloso. Además el Santo Padre entró y salió del templete por el lado derecho, donde estábamos nosotros.

Al finalizar la Eucaristía nos indicaron que nos fuéramos directamente a los camiones, con todo y casulla, y el hermoso libro rojo hecho en el Vaticano y que contenía las oraciones de la Misa recién celebrada y de las vísperas que el Papa rezaría esa misma tarde en la Catedral (otra gracia espectacular para mí).

A la salida, antes de llegar a los autobuses, me encuentro con los seminaristas de Monterrey que habían asistido a la Misa, me saludan y me empiezan a decir, al verme con la casulla de los obispos:¡ Padre, quién lo viera! ¿Cómo le hizo? ¡Antes nos habla! Yo un poquito sonrojado, sonreía.

En eso uno de ellos, me dice, Padre, me encontré en el suelo un boleto para Catedral, ¿lo necesita? Me di cuenta, que efectivamente era un boleto para asistir a las vísperas de ese día, con el Santo Padre, pero ¿cómo iba a permitir que unos seminaristas me ayudaran? Y les dije, no, no se preocupen. Pero ¿qué hacemos con él, Padre? Me repetían: en serio ¿no lo necesita? Y nuevamente, con toda mi falta de humildad, les dije, no, no lo necesito.

Nos despedimos, y me subo al autobús. Justo nos alcanzó el tiempo para llegar al hotel a comer, y volver a subirnos a los camiones y dirigirnos a la Catedral. Ya en el camino, nos recuerdan: los sacerdotes que no traen pin, por favor péguense con su obispo, para que puedan entrar.

Al llegar, nos bajamos, y nos pegamos como estampillas a nuestros obispos, y nos acercamos a la puerta lateral de la Catedral.

Los vigilantes, iban dejando pasar tranquilamente a los señores obispos, pero cuando llego mi turno, me preguntaron: ¿Su boleto? Y contesto: no, no traigo. Y el vigilante vuelve a espetar: ¿su boleto?, una vez más respondo: no nos dieron. Y me dice: lo siento, no puede pasar. Y mi obispo contesta: no les dieron. Y el vigilante dice: compréndame, mi función es no dejar pasar a nadie que no esté acreditado, aquí tengo también unas hojas que me entregó la Curia de León: ¿dígame en qué lugar está su nombre, y con gusto lo dejo pasar? Yo sabía que no estaba en esa lista (había habido fallas de comunicación entre las oficinas), por lo que no hice, más que agachar el alma y la cabeza. Sabía que Dios me había dado el boleto, y yo lo había despreciado. No había sido capaz de ver, a través de la gente pequeña y sencilla, que Dios mismo me lo estaba ofreciendo para que yo entrara a Catedral. Comprendí cabalmente mi error, y me dispuse, tristemente a quedarme fuera de ese importante momento.

Sólo vi la mirada de mi obispo, que impotente, miraba para todos lados, buscando la manera de ayudarme. Otros sacerdotes, también estaban en la misma situación que yo.

Pero Dios no es malo, y mucho menos castiga. Y oí que suave pero seriamente me preguntaba: ¿Aprendiste la lección? ¿Estás dispuesto a enmendarlo? Y en mi corazón, le contesté: sí, estoy dispuesto a trabajar por vencer mi falta de humildad y sencillez.

Y en eso, no sé de dónde, aparece el sacerdote encargado general de la logística, y nos dice, aquí traigo boletos para ustedes. Y nos dejan pasar. No me pregunten, si busqué algún lugar para estar cerca del Santo Padre. Agarré el primero que encontré, justo a la mitad de la Catedral. Para mí ya había sido un verdadero milagro, el haber entrado, por lo que me concentré en aprovechar ese especial momento de gracia, y contemplar la belleza de la Catedral.

Pero, ¿cómo es Dios, que sobrepasa nuestro entendimiento? Al cabo de algunos minutos, el Santo Padre empieza a entrar por la puerta principal de la Catedral, recorriendo despacio, paso a paso el pasillo central, y comienza a saludar, uno por uno, a los que se encontraban a la orilla de las bancas. Nos tomó a todos por sorpresa, estábamos atónitos. Escogió el lado, por donde yo estaba. Como yo no ocupaba el extremo de la banca, pues era el tercero de la hilera,  me dispuse a grabar toda la entrada del Santo Padre, sin perder detalle, hasta que llegó un momento en que estuvo literalmente en frente de mí, la cámara se me movió toda, no supe qué hacer, y aunque no pude saludarlo, quedé tan profundamente conmovido, que toda mi alma y todo mi ser se estremecieron absolutamente. Dios me había dado una muestra infinita de su amor. Era impensable que después de haber yo cometido un error, una falta, Dios me recompensara de esa manera. Me había hecho sentir tocar el cielo, y experimentar toda su ternura y toda su bondad, a través de la figura frágil de azúcar del Santo Padre.

No pedí más, no anhelé más, Dios me había dado más de lo que yo podía imaginar. Agradecí a Dios, por ser tan bueno, y mostrarme en primera persona, como a Pedro y Tomás, cómo Dios paga los errores, cómo Dios arregla las fallas, cuando hay una aceptación y deseo de enmendar.

Todavía Dios me regaló esa misma noche, acompañar a los señores obispos de Roma, de México y de América Latina a una cena, con la presencia del Secretario de Estado Tarcisio Bertone, del Presidente de México y la Primera Dama.

Al día siguiente, en el aeropuerto, justo cuando el Santo Padre estaba subiendo la escalinata, que lo llevaría a Cuba, que lo arrancaba de esta tierra mexicana, que amorosamente lo había amado y recibido, no pude evitar derramar lágrimas, por todo lo que Dios, a través de este buen hombre, el Vicario de Cristo, había dejado en nuestros corazones, especialmente el deseo de amar, de perdonar y de ser mejores. El deseo de vivir luchando, para que los valores de Dios: justicia, paz, amor, perdón y reconciliación reinen entre nosotros.

Alabado sea Dios eternamente. Alabado sea.

Autor: P. Alfonso G. Miranda Guardiola
@padrealfonsom

30 de marzo del 2012.

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