"Déjate conducir por la Inmaculada"

Y no utilizó ninguna excusa, pretexto ni justificación para dejar de amar y perdonar.

Jesús cuando llegó al patíbulo de la cruz, había recorrido un largo camino de mentiras, de traiciones e injurias por parte de los sacerdotes del Sanedrín.

Había recibido torturas, humillaciones, laceraciones y escupitajos, por parte de los soldados. Se habían burlado de él de mil maneras, rifándose su túnica y su destino.

El pueblo mismo, su pueblo, había liberado a un rufián, y a él, lo habían despreciado y condenado, llegando al extremo, de exigir su crucifixión. Lo habían gritado hasta no dejar oír más. Habían comprometido su existencia, al punto de decir: ¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos! (Mt 27, 25). 

Sus discípulos mismos lo habían vendido, abandonado, traicionado y negado. Y corrían vergonzosamente a esconderse.

Jesús en la cruz sufrió lo indecible, pero ahí mismo, sobre el tribunal supremo de la cruz, y teniendo a la vista el destino de toda la humanidad, con todas las agravantes para condenarla, no vaciló, y no utilizó ninguna excusa, ningún pretexto y ninguna justificación para dejar de amar y perdonar.

 

 

 

Cristo crucificado. Diego Velázquez.
Hacia 1632. Museo del Prado

P. Alfonso G. Miranda Guardiola

@padrealfonsom

25 de abril del 2012.

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