"Déjate conducir por la Inmaculada"

No cerrará sus brazos para dejar de amar, aunque se acerquen con una lanza para atravesarlo.

Jesús en la cruz, es la expresión del amor extremo, pues Jesús se muestra con los brazos abiertos, de par en par, para amar a todos, sin excepción, para abrazar a todo aquel que se deje amar, pero también para amar a aquellos que no lo quieran a él, e incluso para aquellos que lo quieran lastimar.

Jesús no va a cerrar sus brazos, si un hermano se acerca con un cuchillo, con una espina, o con una lanza, como no los cerró, ante el soldado que le atravesó, aquella tarde, el costado.

Jesús no dejará de amar. El no cerrará sus brazos, aunque lo traicionen, lo injurien, lo maldigan, aunque en lugar de amor, reciba puro dolor.

El amor de Jesús, su abrazo, persiste a pesar de todo el sufrimiento que le podamos causar. Él jamás dejará de tener extendidos sus brazos, llamándonos, esperándonos.

Su amor no es como el de nosotros, que al primer asomo de dolor, no sólo cerramos los brazos, sino que corremos y desaparecemos, sino es que respondemos, matando y maldiciendo.

Jesús en la cruz nos muestra no la medida del amor humano, sino la del amor divino. Nos enseña, precisamente, que nuestra medida, no es humana sino divina. Y nos confronta con su amor llagado y donado en la cruz.

No basta mirar el amor del crucificado, si no lo imitamos. De nada sirve contemplarlo si no lo vivimos.

¿Qué tanto dolor hemos soportado en la prueba, en la adversidad, en nuestra cruz? En realidad, no sabemos amar y no tenemos la menor idea de la medida del verdadero amor.

Pues no alcanzamos a comprender este amor, sin condiciones, sin límites, sin fronteras, sin exclusiones, sin miramientos, sin excusas, ni pretextos, ni vacilaciones.

Y todavía decimos, es que Jesús es Dios… Empecemos, vengan otra vez, todas las justificaciones.

 

P. Alfonso G. Miranda Guardiola

@padrealfonsom

30 abril 2012.

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