"Déjate conducir por la Inmaculada"

Reseña de la histórica visita del Card. Robles al Retiro de Ágape en mayo 2009

Reseña de la histórica visita del Emmo. Cardenal Francisco Robles Ortega al Retiro de Agape en mayo del 2009

El señor Arzobispo de Monterrey enterado desde un primer momento de los grupos de divorciados y divorciados vueltos a casar, nunca nos había acompañado a alguna de las sesiones. Un día en la oficina arzobispal, con el lienzo de Jesús el Buen Pastor de fondo, al lado de una hermosa cruz de concha nácar, y al pie de un bello crucifijo de marfil, el señor Arzobispo revisaba la invitación del seminario de Allende, para acompañar a los formadores y alumnos a una reunión y misa solemne, justo el día en que nosotros tendríamos el segundo retiro para divorciados de Agape en la casa contigua… Un arrebatado pensamiento pasó por mi corazón, pero dije….. No, sería soñar demasiado…

Terminando de ver los asuntos con el Sr. Arzobispo salí corriendo de su oficina para hablarle al Padre Primo, y avisarle que el Cardenal confirmaba su asistencia al seminario de Allende. Pero conforme me iba platicando por teléfono el programa tan cargado de actividades que iba a tener, me fui dando cuenta, que sería imposible invitarlo, ni siquiera un momento. No obstante… lo dejé en las manos de Dios.

Después de un par de semanas, un buen día, con el espíritu impulsivo del apóstol Pedro, me armé de valor y le comenté al Arzobispo del retiro que tendríamos, justo cuando el estuviera en Allende, y que para nosotros sería una gracia enormemente especial, que pudiera ir algunos minutos para saludarnos y darnos su anhelada bendición.

El me dijo que le daría muchísimo gusto conocernos y visitarnos, si el programa de la visita al Seminario se lo permitiera. Yo sabía que dos eventos simultáneos eran muy difíciles de acomodar, pero bueno, nada se perdía con intentar…

No quise ni siquiera comentarles a los coordinadores del Retiro, ante la escasa posibilidad y ante el temor de que todo quedara en una vana ilusión.

Y llegó el ansiado día…

Esa mañana ya en el Retiro, me había levantado muy temprano con una inmensa emoción que no podía disimular. Habíamos ido todos a rezar a la Capilla, y nos habíamos encomendado a Dios. Entusiasmados por el amanecer, que exhalaba fragancia de lirios y crespones, todos caminaban con sus rostros serenos y resplandecientes, a tono con el fresco y cristalino rocío de los jazmines. Dejé indicaciones a los coordinadores para que les pusieran unas dinámicas mientras yo veía si el Arzobispo iba a poder venir. Les dije que estuvieran atentos, pues a una señal deberían estar todos dentro del salón. El Cardenal llegaría a las 9 am, y a esa hora sabríamos lo que sucedería…

Me dispuse a observar a detalle todo el programa en el Seminario, y empecé a notar, que algo no iba bien… Iban retrasados como media hora para cuando el Arzobispo llegó, y hablando con el Padre Primo, me dijo, llévatelo tantito por favor, mientras acabamos de arreglar todo. En ese momento sentí una emoción tan grande que no podía sólo con ella. Inmediatamente les hice una seña a mis compañeros, y fui por el Cardenal. El, gustoso como siempre, aceptó acompañarme de mil amores, y nos encaminamos al salón de charlas.

Nada más entrando, y al anunciarles quien llegaba, todos se sorprendieron, se pusieron de pie, le aplaudieron efusivamente, se le acercaron, lo abrazaron, lo besaron, gestos que él acogió y correspondió, y los ojos de muchos y muchas se llenaron de lágrimas, invadidos de un sentimiento profundo de gozo y alegría. El Cardenal Robles inmediatamente comenzó a hablarles, sensible a sus expresiones, y les dijo cuánto significaban para él, la preocupación que tenía por ellos y sus familias, y cómo un servidor, colaborador suyo, trabajando codo a codo con él, les trataba de mostrar el rostro bondadoso y amoroso de Cristo y de su Iglesia. Todos estaban muy atentos sin perder detalle de lo que les decía, y él los invitaba a dialogar, y compartir sus inquietudes, cosa, que nuestros hermanos del retiro, no desaprovecharon, externándole todo lo que llevaban y cargaban en su corazón. El Sr. Arzobispo recibió conmovido sus palabras, que abrazó tiernamente, y al final de este paternal diálogo, les brindó su cariño y su bendición.

Al salir de ahí, al pasar por entre los álamos y los fresnos, rumbo al Seminario, el Cardenal me dijo: “vengo completamente emocionado y complacido con esta experiencia vivida. Sus palabras y sus gestos me han llegado al corazón…”.

Autor: P- Alfonso G. Miranda Guardiola

@padrealfonsom

15 de junio del 2012

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