"Déjate conducir por la Inmaculada"

Sucedió en la fábrica del Cielo…

(Escrito por Tere Escamilla @escamillatere y dedicado al Padre Alfonso Miranda @padrealfonsom)

Era el día de la semana más ocupado para Dios. Era el día en el que se acondiciona un jardín especial en el cielo y se instalan hornos, ensambladoras y demás máquinas para hacer bebés.

Un ángel acompañaba a Dios en esos menesteres. Dios sacaba sus hojas de vida, llenaba las especificaciones y las pasaba al ángel para que éste se encargara de pintar los ojitos, rellenar los cachetitos y poner monos a los “nuevos” modelos que serían enviados poco a poco a la Tierra.

–          ¡Más aprisa angelito! Mueve más rápido esa palanca, que te están saliendo muy prietitos esos niños, bromeaba Dios con el ángel.

Era un día de trabajo arduo, pero también de fiesta. A Dios le encanta enviar niños a la Tierra para que los hombres entiendan su señal de que la humanidad debe seguir adelante.

El ángel se recreaba viendo al Gran Escultor haciendo sus obras maestras.

El fin de la jornada era un poco más tranquilo, el ángel  se dedicaba a asignar fecha de nacimiento a cada uno de los pequeños y Dios firmaba algunos documentos de trámites. Al ángel le encantaba husmear, entre los papeles, tratando de ver algún dato que le ayudara a encontrarse con los niños cuando él fuera enviado a la Tierra también.

–          ¡No lo puedo creer, Señor!, gritó enfurecido el ángel. Estas hojas de vida tienen una firma tuya autorizando que estos niños vivan una experiencia dolorosa en sus vidas. ¡No lo entiendo, Señor! ¿Qué no eres un Dios bueno? ¿Acaso es tu diversión, dejar que tus hijos sufran?

–          Calma, calma, calma, respondió Dios. Mi deseo para todos ellos es que vivan felices en la Tierra; pero sé que, en su humanidad, algunas veces elegirán caminos que los alejen de la felicidad. No quiero que se me pierdan. El dolor es  una experiencia que muchas veces lleva a las personas a encontrar el camino de regreso a su Creador. Por eso lo permito y yo estoy en todo momento velando por ellos.

El ángel estaba confundido. Entendía las razones de Dios y conocía el gran amor de su Padre. Pero no concebía la idea de que sus pequeñas obras experimentaran sentimientos tan lastimosos.

–          Es que, Señor. Aquí escribiste “DIVORCIO” y esa es una experiencia devastadora. ¿No pudiste haber elegido otra opción? ¿Por qué no les pones solamente que se caigan de un árbol? Es más…. Si quieres, ¡hasta que les enyesen un brazo! Pero…. ¡DIVORCIO! ¡Vaya camino para volver a ti! Demasiado empedrado, diría yo. ¿No tienes miedo de que se hundan en la tristeza y jamás salgan de ahí?

Dios sacudió su cabeza, tomo aire, se sentó en su trono, cargó en su regazo al ángel y, sonriendo, le dijo:

–          Creo que ha llegado el momento de enviarte a la Tierra.

–          ¿A mí?, preguntó el ángel. Me ilusionaba esa idea, soñaba con cuidar a tus criaturas, pero ahora ya no quiero ir. No quiero estar entre el dolor y las lágrimas.

–          Te dolerá su dolor, es cierto. Pero yo seré tu fortaleza y pondré en tu corazón las palabras que debes decirles para hacerles recordar su coraje y valor para salir adelante.

–          ¿Así que me mandas a aconsejarlos?, preguntó inseguro el ángel.

–          No solo eso, mi amigo. Hay algo que no te he dicho. Todo el trabajo que hacemos aquí, todo eso de ponerles pestañitas y llenar de buenos sentimientos su corazón, es sólo el principio de la obra. Los materiales que se requieren para completarlos no los tenemos en el Cielo. Se llaman vivencias y esas sólo se encuentran en la vida.

–          ¿Y por qué no se las asignamos desde aquí, Señor?

–          Porque ellos deben elegirlas. Ese es el privilegio que les regalo, que tengan libre albedrío para elegir lo que desean vivir.

–          Explícame a detalle mi misión, Señor, pidió el ángel.

–          Tu labor será completar mi obra.

El ángel dio un salto, abrió sus ojos grandes y exclamó:

–          ¡Pero eso es mucho trabajo!  Yo no sé nada de eso, no me sé las fórmulas ni las combinaciones de inteligencia, emociones, sentimientos, talentos que tú usas.

–          Tú les vas ayudar a reconstruirse, les ayudarás a reparar esos sentimientos que se les vayan desgastando por la rudeza de las vivencias que elijan. Serás un ebanista del corazón y tu labor será iluminar esos rincones de su interior donde se encuentran todas las respuestas que yo les deposité.

–          ¿Y con qué lámpara haré eso, Señor?-          Será con la luz de mi palabra. Serás sacerdote. Sólo desde esa vocación podrías ayudarlos a recuperar sus sueños rotos. Recuérdales el plan de vida que yo hice para ellos y que tú a escondidas leías. Ayúdales a recuperar la alegría y a encontrarle sentido a su vida.
–          Estoy listo, Señor. Si tú dices que estarás conmigo, todo lo podré. Sólo dime una cosa… ¿cómo me llamaré?
–          Te llamarás Alfonso… Alfonso Miranda.

 

 

Con cariño

María Teresa Escamilla Cruz

@escamillatere

Fotografías: Álvaro Garza

 

 

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