"Déjate conducir por la Inmaculada"

Es un absurdo lo que voy a decir, un sin sentido, pero permítanme decirlo:

Habían sufrido lo indecible, con toda suerte de vejaciones, y ahora eran aherrojados como escoria a ese sótano de Auschwitz, condenados a morir de hambre y sed.

Sin embargo, qué privilegio el de aquellos nueve presos, pues incluso en ese rincón olvidado del mundo, en esa soledad fría que calaba hasta los huesos, envueltos en un aturdimiento total, en el vacío de la existencia, fueron acompañados por un hombre, justo en esos últimos momentos de su historia.

Quizá nunca antes habían experimentado esa clase de amor, y justo ahí, donde la palabra amor no cabe ni tiene sentido, ante tanto desprecio por la vida, tal vez jamás se habían sentido amados de ese modo por un hombre que quiso estar y sufrir con ellos hasta el final, apropiándose su suerte, enseñándoles a rezar, a confiar, a traspasar el rencor, lo mundanal y la misma muerte, y llegar a vislumbrar a Dios, a sentirlo en verdad.

En medio de la más obscura realidad, despojados de su vida y dignidad, sujetos y encarcelados por el odio, y la soberbia sin sentido y sin razón, aprendieron de este hombre, a ser verdaderamente libres para amar y perdonar,  viviendo de esa manera, con absoluta certeza, la antesala del cielo.

Pues quizá sólo en aquel momento, a pesar del horror terrible que esta condena les causaba, pudieron ser testigos de la infinita bondad de Dios a través de este hombre, y poder ver y tocar a un ángel, a un hermano, que preso como ellos, los acompañaba y los preparaba con su luz y serenidad, para llegar a la morada del cielo. Su nombre San Maximiliano María Kolbe.

 

Autor: P. Alfonso G. Miranda Guardiola

@padrealfonsom

17 de agosto del 2012

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