"Déjate conducir por la Inmaculada"

La última historia de la Navidad

Establo viejo

Ahí estaban los corrales hechos de piedras y tablas, algunas vacas levantadas comiendo, otras echadas y durmiendo, el heno desperdigado por todas partes, algunos becerros pegados a sus madres, tomando su leche. Los toros enormes y estáticos moviendo su cola. La pileta de agua mezclada con paja. Algunas pacas acomodadas bajo un techito, que apenas cubría del sol y la lluvia. Y ese aroma intenso a tierra húmeda, mezclada con pastura, olor amargo y áspero, que invade todo el espacio y el cuerpo.

Hasta ahí llegan María y José. Éste último como puede, limpia un rinconcito del establo, y acomoda las pacas para que María se recueste. El sol de la tarde, despacio y triste se aleja, y rápidamente viene la noche. Las estrellas toman su asiento, y la luna, como toda inteligente mujer, se apura para ocupar el primer lugar. Todo está listo para contemplar este espectáculo universal.

Después de escuchar sonar en todo lo alto las trompetas de los ángeles, comienza la obra y aparece la pequeña y brillante estrella de Belén, anunciando el nacimiento de un niño, es Dios que no ha menospreciado nacer en este humilde lugar, como tampoco rechazará nacer en nuestro corazón, estrecho, y tan lleno de miserias y pecados.

El final de la obra termina en una cruz, un eje de madera, cuyo cuerpo en ella clavado, no solo señala las coordenadas de la vida, sino que taza el precio de nuestra salvación, y sostiene, con todo su drama y su peso, el universo entero.

 

 

Autor: P. Alfonso G. MIranda Guardiola

@padrealfonsom 

1 de Enero del 2013

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