"Déjate conducir por la Inmaculada"

Sucedió en un convento…

 

MadreTeresa y un niño

Esta mañana extrañamente, apareció un recién nacido, en medio del convento del Refugio.

Y ahí estaba el niño, solito, desnudo, inerme, pequeño, rosado y en llanto. Pero, increíblemente, las monjitas pasaban de largo, como si no estuviera, indiferentes a su suerte. Una de ellas finalmente se acercó y dijo: ¡Miren! Aquí está un niño. ¿De quién es? Y nadie respondía, como si la pregunta se la hiciera al aire, nadie la escuchaba. Otra de las hermanas se alarmó y volvió a preguntar: Pero, ¿De quién es? ¿De alguien debe ser? ¿Quién lo dejó ahí?

Y en eso el padre iba saliendo de la capilla de las madres, después de celebrar la misa, y al darse cuenta de la situación y de que nadie quería al niño, dijo: Bueno, como nadie dice que es de él, y nadie quiere responsabilizarse de su suerte, yo lo voy a adoptar. Y en eso una religiosa dijo: Bueno, yo vi cuando lo dejaron. – ¿Y porqué no lo dijo, hermana? – Bueno, es que no sabía qué hacer! Pero bueno, me quedaré con él. – Ah no, – dijo el padre, – No lo quisieron, ahora yo me lo llevo y yo lo cuidaré, para que nada le falte.

¡Habrase visto! – Dijo el Padre, – ¡Un niño desvalido y sin Refugio! ¡Y en un convento, y precisamente el de las hermanas del Refugio! ¡Qué barbaridad! ¿Cómo es posible que ninguna hermana haya querido quedarse con el niño?

Y el padre desenfadado tomó al niño consigo, lo cubrió con su abrigo, y se lo llevó para hacer, inmediatamente, los trámites legales para adoptarlo. El Padre recordaba vivamente las palabras de la Madre Teresa de Calcuta, cuando les decía a las mamás que no abortaran a sus hijos: ¡Dénmelos a mí, yo los cuidare, yo los criaré!

Por si fuera poco, a las pocas horas, otro bebé había sido dejado en el convento, y sucedió lo mismo, pero esta vez, para cuando llegó el padre, la madre más grande del convento, ya tenía a la criatura en sus brazos, para ya nunca desprenderse de él.

Las monjitas, habían aprendido la lección.  

 

Versión real:

Esta mañana del 6 de enero, fiesta de la Epifanía, partimos la rosca de Reyes en el convento de las hermanas del Refugio, las monjitas y un servidor. Y después de que cortamos cada quien su pedacito, y nos fuimos a sentar a la mesa, se acercó una religiosa a la rosca, y dijo en voz alta: “Hey, aquí hay un niño Dios en medio de la rosca, alguien lo sacó, y no se lo quiso llevar”. ¿Quién fue? – Y silencio sepulcral, nadie dijo nada. (Por lo visto, nadie quería hacer los tamales). A ver, ¿quién fue la última que cortó la rosca?. No, pues fue la madre Clara, no fue la Madre Amparo, empezaban a decir. Total que no se ponían de acuerdo, hasta que dije: pues si nadie lo quiere, yo lo adopto. ¡Habrase visto esto en un convento!

Y luego dijo la Madre Amparo, bueno es mío, dénmelo, y le digo, no, ya no, ya lo adopté, para que no tenga frío. ¡El niño se podrá quedar sin Amparo, pero no sin padre! (jeje).

Acto seguido, otra hermana, una de las mayores y más respetadas, fue a la rosca a cortar su pedazo, y le dijeron, oiga madre, agarre el trozo donde ya se le ve la cabecita al niño, y como que no quería, pero antes de que este nuevo niño sufriera otro terrible desprecio, la madre lo tomó y ya no se separó de él, con lo que las monjitas habían aprendido la lección.

 

Autor: P. Alfonso G. Miranda Guardiola

@padrealfonsom

6 de enero del 2013. 

Un comentario

  1. Walter Daniel Tejada Campos /

    Ciertamente es una tierna narración; plena de candor y abnegación.
    Surge preguntarme, en relación con lo ocurrido en Málaga el pasado 5 de enero, si en el cielo, el Eterno Padre, conmovido como tantas otras veces, más que asombrado, con mansedumbre natural, preguntó: ¿Qué hace aquí este niño?
    Y creo que María seguramente respondió: Es único y a la vez otro Cristo Roto que llega a mis manos. Yo me haré cargo, Padre, de su calzado en el jardín, de sus ansiados juguetes en la cartita pendiente por depositar y ser leída; de apostar ante él sus Reyes Magos; de consolar su alma, espejo donde ve reflejar los ojitos de sus papis y otros niños. Yo me haré cargo, Señor, también del dolor de aquellos reyes terrenales, los caramelos desperdigados, y, …recoger las oraciones por él.

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  1. ¡Se perdió un niño en la sacristía! | San Maximiliano María Kolbe - [...] que hace algún tiempo un niño fue dejado olvidado en un convento, y que tuve la fortuna de encontrarlo…

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