"Déjate conducir por la Inmaculada"

El humo de una vela: ¿Un fuego que se extingue o un fuego que todavía es posible?

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El hálito de humo, que desprende una vela, habla no solo de un fuego que ya se extingue, sino sobre todo de un fuego, que todavía es posible.

¿Qué es el hombre? Una llama vacilante, que se tambalea al compás del viento, un chispazo de luz que pasa, una caña resquebrajada, una mecha que aún humea.

Eso es el hombre, este fuego a punto de apagarse, este hilito de humo que aún queda. Pero para Dios, es suficiente.   

El Dios de la providencia, de la promesa, de la esperanza, que no envía a su hijo para destruir la caña, o apagar la vela, sino para sostenerlas.

El Dios de lo pequeño, de lo perdido, de lo imposible, de la vela que casi se apaga, infunde su aliento para reencender la mecha y reavivar el fuego… y reanudar la vida.

Yo soy la débil llama de una vela, Dios, es mi aliento.

Aquel día, el último, cuando traspase la herida del cielo, abierto como el costado traspasado de Jesús, abierto como el abrazo que da el Padre al hijo que ha vuelto, y me encuentre de frente al Creador… El me mirará, y… ¿Qué encontrará en mí? ¿Una espalda cargando insoportables pecados? ¿Qué verá en mí? ¿Un pobre hombre? ¿Una flama tambaleante, una caña resquebrajada, un corazón dividido, una vela extinguiéndose?

No lo sé. Lo cierto es que, sólo desearé y con toda mi alma, escuchar aquellas pocas palabras, que le dijo a Jesús en el Jordán. Y que lo abarcan todo:

“Este es mi hijo amado”.

No espero más, no pido más.

 

 

Autor: P. Alfonso G. Miranda Guardiola 

@padrealfonsom

Cfr. E. Ma. Ronchi. La belleza tua voglio cantare, 54-56

Lc 3, 15-22. Is 42, 1-7. 

Un comentario

  1. Walter Daniel Tejada Campos /

    A su excelente reflexión-oración, P. Miranda Guardiola, con su permiso me animo a comentar:
    El único Dios, aprecia misericordiosamente cómo cimbra, asciende y busca la llama.
    La llama de la vela emana dos luces: una de pulquérrima blancura y otra azulada; en el vaivén Él sabe los porqués, mas valorará sobremanera cómo ha sido el cruce del Jordán.
    Hay un fuego, propio de los ciclos, que, aparentemente, se extingue; sin embargo, cruzado el río, el fuego genuino y vital, élan superior e indescriptible, se revigoriza en el encuentro. Las palabras ansiadas en la recepción, inequívocamente, reunirán el todo en el Uno, derramando el Uno en el todo, privilegiando el saber de ésa espera y, como Salomón, el de no pedir más.
    Un cordial saludo, extensivo a la Comunidad San Max.
    Walter Daniel Tejada Campos

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