"Déjate conducir por la Inmaculada"

Cuento Navideño: La Abuela

La Abuela

 

         “Tus ojos son mis ojos, tu dirección es mi dirección, tu me guías, porque sino me llevas de la mano me caigo, y si salgo sin ti, me pierdo.” Son las palabras que solía decirme mi abuela por motivo de su falta de vista, y son palabras que ahora le dirijo a Dios Padre, pues a pesar de poder ver el entorno, hecho por su creación, si me suelto, tambaleo.

Fue por aquéllas épocas, las cuales a pesar del acelerado transcurso de los años, aún recuerdo con cierta nostalgia, como las innumerables noches en las que me solía decir: -“Vamos al patio a ver la belleza y el resplandor de la luna, con su conejo saltarín.”– mientras extendía su mano para tomar la mía. –“Mamá grande (expresión usada en aquella comunidad rural), yo no te he dicho como es la luna. Dices que no ves, sin embargo, ¿cómo sabes de su resplandor y de aquél conejo que salta dentro de ella?… ¡Ya entendí! tú lo que quieres es que esté contigo siempre. Esta bien. Lo haré, pero cuéntame un cuento”.- le dije, mientras me acercaba a ella para alistarnos a salir. –“¿Cual quieres que te cuente, mi niña?”- me decía, mientras pasaba suavemente su mano sobre mi cabeza. -“El que tu quieras abuela, todos me gustan mucho.”- Iniciaba su narración con esa voz pausada y dulce, siempre queriéndome complacer, y yo me transportaba al castillo o al bosque, según la historia que me contaba, y que siempre finalizaba con un: “colorín colorado, este cuento se ha a acabado”.

 

Terminado el cuento, me indicaba la hora de regresar. -“Bueno, mi niña, es hora de acostarnos. Pero antes, dame la mano y voltéame hacia el norte.”- Siendo tan sólo una niña de cinco años y viviendo en un rancho, ni siquiera sabía dónde estaba parada, mucho menos pensar en que pudiera saber la ubicación de los puntos cardinales. Le ayudaba a pararse, y le daba media vuelta. -“¿Es este el norte, mi niña?”- me preguntaba. -“Sí, abuela.”- Levantaba ella su mano derecha, y daba la bendición a su hijo mayor, quien vivía en los Estados Unidos desde hacía ya algunos años. Después de enviar sus bendiciones, me expresaba con un largo suspiro: -“Ay, mi niña. Tengo el corazón partido.”- Sus palabras causaban confusión en mi mente. -“¿Cómo abuela? ¿Se puede partir el corazón, y seguir viviendo?”- Le pregunté con cierta incredulidad. – “Bueno, mi niña, hablo metafóricamente”- Respondió serenamente, esbozando una sonrisa. –“Pero abuela, ¿porqué lo tienes partido?”- Continuaba preguntándole. –“Por mi hijo que está tan lejos, y la otra parte, por mis hijos que están aquí.”- Estas palabras, se quedaron grabadas en mi mente y mi corazón.

 

Siete años después de oír aquellas palabras, tuve que decir adiós a esa gran mujer que me enseñó a ver, no con los ojos, sino con el corazón. Siempre recordando con amor, los momentos que pasamos juntas.

 

Con el paso del tiempo, aquella niña creció viviendo todo tipo de emociones, confiando en el Señor, que a través de su caminar, nunca la dejó sola. Después, Dios Padre me invita a convertirme en madre, madre como todas, decidida, amable y amorosa, siempre pensando en formar a esos seres maravillosos, que son mis hijas, en personas responsables, buscando inculcar en ellas lo que mi abuela me transmitía con sus palabras. Pero también, llevando el ejemplo de mi madre: fuerte, decidida, enérgica, “luchona”, educando y defendiendo a sus hijos. Y con esa combinación, de mi abuela dulce y cariñosa, y de mi madre, recia, me han ayudado mucho en la vida a dirigir a mi familia.

 

Después viene otra etapa maravillosa. La experiencia plena de ser abuela. Me maravillo de esa creación perfecta, de esos inmensos regalos que Dios me da con mis niños. Vuelvo a ser niña, con ellos me siento en el piso, juego como niña. Con mi nieta bailo y juego a las muñecas. Con mi nieto juego a las luchas, a los carritos y a formar rompecabezas. Cargo a mis niños en mi regazo, les hablo al oído, les digo que los amo y que siempre contarán conmigo. Les cuento historias, quizás no tan buenas como las de mi abuela, pero sí transmitiéndoles el amor con el que ella lo hacía. Les hablo de ese Dios maravilloso que nos sostiene, que por Él vivimos y nos movemos, y que nos ayuda a andar en la libertad. Cuando están conmigo, mi tiempo es para ellos. Agradezco al Señor permitirme vivir esta experiencia, y le pido nos pueda ayudar a retomar ese papel de abuela amorosa, y que así como mi abuela lo hizo conmigo, enseñar a mis nietos a poder ver las cosas con el corazón.

Nietos, no se olviden de sus padres y abuelos. Ellos, aunque no los visiten, siempre elevan una oración y bendiciones por ustedes.

 

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