"Déjate conducir por la Inmaculada"

Cuento Navideño: Abre las puertas a Jesús

Había una vez un hombre que tenía una casa enorme, con unos jardines hermosos. En ella, un grupo cocineros que preparaban los más deliciosos manjares y tenía también un buen grupo de sirvientes trabajando para él. A su familia podía darle los más deslumbrantes lujos. Podían viajar y comprar todo cuanto querían.

Era una persona muy importante en aquel lugar, porque era el comerciante más importante de la región. Todo cuanto quería, lo tenía a su alcance. Realmente parecía que no le hacía falta nada y sin embargo, siempre buscaba tener más de lo que ya poseía. Pasaba los días pensando cómo podía acumular más riquezas, porque lo que tenía no le parecía suficiente.

Un día, un niñito llegó a las puertas de su enorme mansión porque quería encontrarse con aquél  hombre.  El pequeño sabía cómo podía ser más rico y le quería revelar el secreto.

Se paró en la entrada y comenzó a tocar el portón para que lo abrieran. Pero el portón estaba demasiado lejos de la puerta de la casa, así que nadie lo escuchó. El niño se cansó de tocar la puerta y se fue.

Al día siguiente había una gran fiesta en aquella enorme y bella casa. Celebraban la fiesta de Navidad. Llegaron muchos invitados muy importantes y muy ricos de la región. La mansión era un hervidero de gente lujosamente ataviada. Los sirvientes y cocineros iban y venían atendiendo a los invitados. La música no paraba de sonar y había comida y diversión en abundancia.

En medio de aquél barullo, el niño llegó nuevamente al lugar y comenzó a tocar el portón lo más fuerte que pudo, esperando que ese día si lo escucharan y le abrieran. Pero con tanto ruido era imposible que oyeran el sonido que hacían sus pequeñas manitas al golpear aquella gran puerta.

Pero el niñito no se dio por vencido y siguió golpeando con insistencia. Al darse cuenta de lo inútil de su esfuerzo, comenzó a buscar si habría algún timbre que pudiera tocar. ¡Y si había uno! Cuando lo encontró sus ojos brillaron de alegría, porque pensó que en esta ocasión si lo escucharían y podría entrar a conversar con aquél hombre.

El timbre estaba colocado muy alto para su estatura, así que se fue a buscar algo sobre lo que pudiera pararse para poder alcanzarlo. Por fin encontró un viejo cajón de madera en el que subió y logró tocar el timbre.  Lo estuvo tocando varias veces. Pero era tan alto el ruido de la música y el alboroto de la gente, que no alcanzaban a escuchar el sonido. Nadie salió para abrirle.

Y así, cada día el niño va a las puertas de aquella gran mansión y no le abren. O le abren la puerta, pero lo ven tan insignificante que no lo dejan pasar. Un día incluso se topó con aquél hombre en la puerta, pero el hombre ignoró las palabras del chiquillo, ni siquiera lo quiso escuchar porque tenía cosas muy importantes que hacer.

Sin embargo, el pequeño no se cansa de ir a buscarlo, porque sabe que eso que tiene que decirle es muy importante para su vida.

Así es nuestro Salvador, nuestro amado Jesús. No se cansa de llegar a nuestra puerta cada día, que es nuestra propia vida. Utiliza todos los medios que puede para hacerlo. Desea fervientemente entrar a nuestra casa, que es nuestro corazón.

Nos quiere decir cómo podemos ser felices… verdaderamente ricos. Pero estamos tan ocupados acumulando cosas y apegándonos a ellas, que nos sentimos autosuficientes y buscamos sentirnos bien a nuestro modo. Vivimos con tanto ruido a nuestro alrededor, que no lo escuchamos ni lo recibimos.

La Navidad es para abrir las puertas a Jesús nuevamente, para escucharle y renovar nuestra vida con su mensaje de Amor que nos hará verdaderamente ricos en el espíritu y plenamente felices. ¡Abramos las puertas de nuestro corazón al niño Jesús!

DIANA

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